La escena es un clásico de la infancia. Frente a un público expectante, el mago dispone todo lo necesario para su truco. Tras un instante de silencio que potencia el suspenso, levanta su varita y pronuncia la fórmula capaz de obrar el hechizo: “Abracadabra, pata de cabra”. Y ante la sorpresa de todos los presentes, revela el resultado. La magia ha funcionado. Un aplauso cerrado da testimonio de la fascinación de los asistentes.
Una vez alguien me comentó que la expresión Abracadabra era de origen judío. Según me explicó, proviene del arameo y está compuesta por dos palabras, Avra (voy a crear) y Kadavra (como voy a decir). Sonaba interesante. Los verbos crear y decir ocupan un lugar prominente en el capítulo inicial del Génesis que relata la creación del mundo por medio de verbo divino.
Entusiasmado por esa interpretación, decidí investigar un poco sobre el tema. Las perspectivas parecían atractivas, sin embargo, descubrí —con gran frustración— que la expresión Abracadabra no aparece en ninguna de las fuentes clásicas judías.
El diccionario Oxford de inglés afirma que el término Abracadabra es un conjuro cuya etimología es desconocida. La Real Academia Española lo define como “palabra cabalística a la que se atribuyen efectos mágicos” y sugiere que proviene de la expresión griega abraxas, una deidad del gnosticismo antiguo cuyo nombre aparece en diversidad de amuletos. La primera cita en donde encontramos el Abracadabra data del siglo II E.C.: figura en el Liber Medicinalis, un libro de recetas médicas escrito en latín por Quinto Sereno Sammónico, quien lo describe como un amuleto mágico para curar fiebres.
Volviendo a la tradición judía, hay quien asocia la expresión Abracadabra con una frase similar que aparece en el Talmud: “Rava bara gavra”, que significa “Rava —el nombre de un rabino— creó un hombre”, en el marco de un relato en el cual el sabio, con sus conocimientos místicos, crea una figura humana, una suerte de Golem, imitando la facultad creativa de Dios.
Más allá de cuál de estas hipótesis sea la correcta, todas comparten algo revelador: la convicción de que ciertas palabras tienen la capacidad de transformar la realidad. No porque el hechizo active fuerzas ocultas o misteriosas, sino por el poder que emerge de aquello que decimos.
Según la Torá, Dios creó el mundo por medio de la palabra. El libro de Proverbios dice que la vida y la muerte están en manos de la lengua, y el Talmud afirma que la lengua es un arma más potente que una flecha. Lejos de ser una curiosidad del pasado, esta idea nos interpela hoy con particular urgencia. En estos tiempos de palabras devaluadas y discursos de odio, debemos recuperar la responsabilidad por aquello que decimos.
Como adultos ya no creemos que las palabras hagan magia, pero somos testigos del enorme poder que tienen. Cada conversación, cada mensaje, cada comentario que compartimos es, a su manera, un pequeño hechizo: crea o destruye, acerca o aleja, cura o hiere. Quizás la verdadera magia no esté en la fórmula que pronunciamos, sino en la conciencia con la que elegimos nuestras palabras.



