El mes de mayo comienza en nuestro país (y en muchos otros) con la celebración del Día Internacional de los Trabajadores en recuerdo de los Mártires de Chicago - ejecutados en esa ciudad en 1886 tras participar en unas huelgas reclamando la jornada laboral de ocho horas – y como símbolo de los derechos laborales de los trabajadores.
Con este espíritu vale la pena detenerse a analizar algunos conceptos valiosos que surgen de la Biblia con relación al lugar que el trabajo ocupa y debe ocupar en nuestras vidas.
Si vemos el relato del Génesis, después de crear al ser humano, Dios lo coloca en el Jardín del Edén “para que lo cultivara y lo cuidara.” (Gn. 2:15). Esa decisión de Dios implica que aún en el mundo idílico del Paraíso, el ser humano debía actuar de forma creativa, responsable y productiva.
El establecimiento del Shabat, el día séptimo consagrado a Dios como día de descanso parte de la premisa que los otros seis días de la semana son días de actividad. El profundo significado del Shabat solo se alcanza a percibir como contraposición a la actividad laboral del resto de la semana.
Las leyes de la Justicia Social (Tzedaká es el concepto en hebreo) centrales en el pensamiento bíblico, nacen de la convicción de que “A Dios pertenece la tierra y todo lo que la contiene” (Salmo 24:1). Maimónides, el gran filósofo judío de la Edad Media, afirmaba que hay ocho niveles de hacer Tzedaká, siendo el más elevado, ayudar a una persona a mantenerse por sus propios medios, otorgándole un crédito adecuado o ayudándolo a encontrar un empleo o a establecer un comercio, de manera que no se vea obligado a depender de otros.
La condonación de deudas en el año sabático (Deut. 15:1-2) y la ley de restitución de la propiedad a sus dueños originales en el año del Jubileo (Lev. 25 13-17) parecen estar dirigidas al objetivo de reestablecer el equilibrio inicial del sistema económico, de forma tal que toda persona tuviera acceso a la tierra, principal fuente de creación de riqueza en aquella época.
Otro elemento que vale la pena destacar es que la palabra hebrea que se usa para trabajo (AVODÁ) es la misma que utilizamos para referirnos al culto, a la práctica religiosa. Pareciera ser que en esta conexión lingüística podemos apreciar como nuestro trabajo debe ser también una forma de conectarnos con el Creador.
Y esto nos lleva a la idea central que atraviesa el pensamiento bíblico. El ser humano es socio de Dios en el proceso continuo de la creación y ello se manifiesta utilizando sus habilidades y sus talentos, mediante su educación y la interacción social procurando el bienestar común y el desarrollo de toda la familia humana.
El trabajo es mucho más que un medio para alcanzar la subsistencia. Es la creatividad y la capacidad de cada persona puesta al servicio de su realización como individuo y como parte de la sociedad. Y es esencial, pues en el trabajo yace una gran oportunidad para hacer realidad todo ese potencial creativo que hay dentro de cada uno de nosotros.



