Venía de Chiriquí. Había sido un día largo y llegaba con los pies hinchados, así que al llegar a una de las estaciones del Metro de San Miguelito decidí tomar el ascensor.
San Miguelito es uno de esos lugares de los que muchas veces solo escuchamos hablar cuando las noticias cuentan historias de delincuencia, homicidios o violencia. Y, sin embargo, ese día, en medio de un lugar sobre el que tantas veces se construyen estigmas, vi una escena que me devolvió un poco de esperanza en la humanidad.
Una joven estaba entrando al ascensor cuando, al ver a un anciano acercarse lentamente, detuvo la puerta para permitirle entrar.
Era un hombre de cabello blanco, espalda encorvada, apoyado en un bastón y con un caminar muy lento. Pero no caminaba solo.
A su lado iba un estudiante afrodescendiente, uniformado, acompañándolo con paciencia. Lo guiaba, esperaba sus pasos y le hablaba con una amabilidad que inmediatamente llamó mi atención.
Pensé que quizás era su familiar.
No lo era.
Era simplemente un joven que había decidido acompañar a un adulto mayor que necesitaba ayuda.
Lo observé continuar junto al señor hasta el Metro. Y pensé en cuántas veces pasamos frente a gestos como este sin detenernos a mirarlos.
Entonces ocurrió algo más.
Ya dentro del Metro, entró una madre con dos bebés: uno en brazos y una pequeña niña, de unos tres años.
Dos mujeres que estaban sentadas se levantaron y le cedieron sus puestos para que la madre pudiera sentarse con sus hijos.
Dos escenas sencillas. Dos gestos que probablemente para quienes los hicieron no significaron nada extraordinario.
Pero para mí significaron mucho.
Porque vivimos en un mundo en el que la toxicidad, la violencia y las malas noticias ocupan tanto espacio que, a veces, terminamos creyendo que eso es todo lo que somos.
Y no.
También somos ese joven que acompaña a un anciano que no conoce.
Somos esas mujeres que se levantan para darle su asiento a una madre con sus hijos.
Somos la persona que sostiene una puerta, que ayuda a cruzar una calle, que pregunta si alguien necesita ayuda, que comparte lo poco que tiene o que simplemente decide mirar al otro con dignidad.
No pretendo negar los problemas que tenemos como sociedad. Sería irresponsable hacerlo.
Pero tampoco podemos permitir que las noticias negativas terminen definiendo a todo un país ni que los prejuicios nos hagan olvidar la nobleza que también existe en nuestras calles.
Ese día, en San Miguelito, recordé algo que quizás necesitamos repetir más:
El panameño es noble.
Y quizás también necesitamos comenzar a contar más esas historias.
Porque la buena voluntad también puede ser contagiosa.
Si resaltamos las buenas acciones, si reconocemos la empatía, si hablamos de quienes ayudan sin esperar nada a cambio, quizás logremos que otros recuerden que también pueden hacerlo.
A veces no necesitamos grandes discursos para cambiar el mundo.
A veces basta con detener una puerta.
A veces basta con levantarse de un asiento.
A veces basta con caminar al lado de alguien que necesita compañía.
Y quizás, en esos pequeños actos cotidianos, todavía encontremos una de las cosas más importantes que tenemos como sociedad:
la humanidad.


