Esta semana participé en varios foros y reuniones, casi todos virtuales ante la dificultad de trasladarse en la ciudad, y en todos reinaba un clima de desasosiego, angustia y frustración. Para muchos el horizonte no está claro y la desesperanza parece haberse instalado en amplios sectores de nuestra sociedad y de nuestra dirigencia.
¿Cómo llegamos a aquí? Luego de dos semanas de manifestaciones en oposición al contrato minero, la ley de la moratoria minera era una realidad y finalmente quedó en manos de la Corte Suprema de Justicia la responsabilidad de fallar sobre la constitucionalidad de dicho contrato, buscando así una salida legal que sea lo menos perjudicial para el país.
Con ese mismo espíritu nos pronunciamos las comunidades de fe en un comunicado conjunto de la Conferencia Episcopal, el Comité Ecuménico y el Comité Interreligioso, que además reconocía el patriotismo de aquellos que se manifestaban de manera pacífica para hacer oír su reclamo.
El objetivo se había alcanzado. Era hora de mantenerse en una espera vigilante mientras el país regresaba a la normalidad; los niños y jóvenes a sus salones de clase, los pacientes a recibir sus tratamientos en los hospitales y el libre tránsito de personas y productos por todo el territorio nacional.
Pero eso no ocurrió; las manifestaciones y los cortes de ruta continuaron, aumentó el nivel de agresividad y la violencia se cobró la vida de 3 personas, decenas de heridos y desmanes a granel. Cualquier solución que nos permita salir de este atolladero (asumiendo que todos los actores desean hacerlo) requiere proceder con cordura.
La Real Academia Española define cordura como prudencia o sensatez. Y eso es lo que debe primar en estas horas aciagas. Etimológicamente hablando, cordura viene de “cordis”(del corazón) y el sufijo “ura” significa actividad. La cordura es la actividad del corazón.
Y aquí debemos recordar que en la antigüedad se consideraba que el corazón era el órgano que regulaba lo cognitivo y lo emocional. Cuando el texto bíblico nos dice “Amarás a Dios con todo tu corazón” (Deut. 6:5), no se refiere solo a amarlo “románticamente” es decir basado solo en emociones, sino también incluyendo la parte racional.
De manera casi paradójica, hoy sabemos que el corazón no es el origen de nuestras emociones, pero si su principal víctima. Pero también sabemos algo más. A diferencia de lo que creímos siempre, que los humanos somos seres racionales que tenemos sentimientos, hoy en día los científicos acuerdan que somos seres emocionales que hemos aprendido a pensar.
Y si bien esto significa que nuestras respuestas a cualquier situación cotidiana están más influenciadas por las emociones que por la razón (la realidad parece confirmarlo), en nuestro desarrollo, crecimiento y maduración, debemos aspirar a contener nuestras emociones para que sea la razón la que prevalezca.
Por eso, es evidente que en estos momentos debemos intentar calmar los ánimos y encontrar a través del dialogo, la comprensión y la empatía, la salida al actual atolladero. El camino que nos devuelva a la senda del bien común y renueve nuestras esperanzas de un futuro mejor.
Estoy convencido que eso es lo que desea la mayoría de los ciudadanos del país y quiero creer que también es lo que, sin duda, nos merecemos como sociedad. Que sea está la hora de la cordura.


