Hace menos de una semana la tierra se movió bajo nuestros pies, y todavía no termina de quedarse quieta. Las réplicas siguen. Cada una nos recuerda que lo que creíamos firme puede temblar, y que la calma no llega de golpe, sino de a poco.
Este sábado, en las sinagogas de todo el mundo se lee la conocida historia de Noé. No es casual que el texto llegue justo ahora. Es un relato sobre una catástrofe, pero sobre todo es un relato sobre lo que viene después.
Cuando la lluvia se detiene, Noé no sale enseguida del arca. Abre la ventana y envía una paloma. La Torá cuenta que la primera vez la paloma regresa sin nada: no encontró dónde apoyar la planta de su pie. El agua seguía cubriéndolo todo.
Me impresiona la honestidad de ese detalle. La esperanza, encarnada en la paloma, a veces vuelve con el pico vacío. Hay días en que salimos a buscar una señal y no la encontramos. El texto bíblico no lo esconde.
Noé espera siete días y la envía de nuevo. Esta vez, al caer la tarde, la paloma vuelve con una hoja de olivo en el pico. Algunos comentaristas interpretan que estaba recién arrancada. Es poco, casi nada. Pero alcanza para saber que debajo del agua algo siguió vivo, que la tierra no se perdió del todo, que hay raíces que resistieron.
Así suele llegar la esperanza después de un desastre. No como un anuncio grandioso, sino como pequeñas hojas: el vecino que abre su casa, la escuela que vuelve a funcionar, el camión con agua e insumos básicos que llega a una comunidad incomunicada. Son hojas recién arrancadas. Nos dicen que la vida sigue ahí, esperando.
Hay otro detalle que me parece importante. Noé no se queda sentado esperando que el agua baje sola. Abre la ventana. Envía la paloma, la recibe de vuelta, y la vuelve a enviar. La esperanza en la Torá no es pasiva; es un gesto que se repite, con paciencia, sin garantías. Siete días entre un intento y otro. La reconstrucción también lleva su tiempo, requiere entereza y compromiso, y se mide en semanas, meses y años de trabajo compartido.
La interpretación rabínica compara a Israel con el olivo: la aceituna no da su aceite hasta que es prensada. No quiero romantizar el dolor; nadie elige ser prensado. Pero es cierto que en los momentos de crisis aparece lo mejor de una sociedad: la solidaridad que no pregunta credo ni apellido, la mano que se extiende antes de que la pidan. Una vez más, las acciones dan testimonio de la nobleza del pueblo panameño. La paloma con la hoja de olivo no es patrimonio de una sola tradición. Judíos, cristianos y tantos otros la reconocen como símbolo de paz y de nuevo comienzo. Quizás por eso nos pertenece a todos.
Queda un último detalle. La historia bíblica tiene un final que se suele olvidar. Noé envía la paloma una tercera vez, y la paloma ya no regresa. Encontró dónde quedarse. La esperanza cumplió su tarea cuando dejó de ser mensajera y se convirtió en vida sobre la tierra.
Muchas familias en el interior de la república aún están dentro del arca, esperando que el agua baje. Nos toca a todos abrir ventanas y enviar palomas.
El olivo es un árbol lento. Tarda años en dar fruto, pero vive siglos y rebrota incluso cuando parece seco. Así es la esperanza que necesitamos ahora: no la que promete milagros inmediatos, sino la que echa raíces. Esa hoja ya está en camino.



