Esa fue la frase de un niño tras el divorcio de sus padres. La custodia quedó en manos del padre. Al inicio, todo parecía estar bien… hasta que la madre decidió rehacer su vida. Ahí comenzó el infierno.
Un infierno silencioso para el niño.
Una violencia latente, aún no tipificada en Panamá, pero real y cotidiana: la violencia vicaria.
La madre, entre lágrimas y con el deseo intacto de seguir adelante, enfrentó durante años una violencia que no solo la destruía a ella, sino también a su hijo. Cada vez que el niño estaba con su madre, volvía a la vida, porque para él, ella lo era todo.

Pero en la mente de un niño surgen preguntas que duelen:
¿Por qué se le hace tan difícil a mamá tenerme?
¿Mamá, cuándo vienes?
Te quiero…
Ese dolor que atraviesa a un niño mata en vida a su progenitora.
Muchos dirán: ¿por qué no pidió la custodia?
La respuesta es clara y cruda: cuando una madre se enfrenta a una expareja con influencias y poder adquisitivo, también enfrenta una desigualdad económica y estructural un equipo de abogados contra lo que ella puede pagar, ahí se estructura la violencia vicaria: un monstruo legal y emocional que castiga a la mujer usando lo que más ama… sus hijos.
Porque cuando un niño suplica por su madre, el sistema debe escuchar.
Pero después de la tormenta, sale el sol.
Y ese sol salió.
Hoy escribo llorando, pero llorando de alegría. Porque es imposible no conmoverse al ver a un niño que sufrió durante años en un hogar donde lo material abundaba, pero el amor de una madre no estaba. Las madrastras existen, sí, pero cuando hay un padre violento y una figura adulta que normaliza esa violencia, eso no es un hogar: es un infierno.
“Mamá, quiero estar contigo”, repetía el niño.
Porque los niños saben dónde estarán mejor.
Porque los niños saben quién los ama.
Los hombres deben entender que sus exparejas tienen derecho a rehacer su vida. Lo que no tienen derecho es a canalizar su rabia, despecho o deseo de control contra sus propios hijos.
La violencia vicaria tortura. Usa a los hijos como armas y deja cicatrices que pueden marcar toda una vida.
Hoy agradezco profundamente al Juzgado de Familia de Chiriquí, en nombre de todos los niños y niñas escuchar a un niño no es solo justicia para él: es un precedente de esperanza para muchos que aún viven atrapados en violencia psicológica.
Gracias, de todo corazón, a psicólogos, trabajadores sociales, jueces y fiscales porque esto deja a Panamá en alto como un Estado de Derecho que escucha a la infancia y también porque gracias a la Ley 409 todos los niños y niñas tienen derecho a un defensor.
Hoy tengo paz.
Hoy un niño dormirá junto a su amada madre, tal como siempre lo anheló.
Aclaración:
Todos los niños y niñas tienen derecho a relacionarse con ambos progenitores, pero nunca debe imponerse cuando existe riesgo, violencia o daño emocional, la decisión debe ser analizada por un equipo interdisciplinario, priorizando siempre el interés superior del niño.




