Superman no nació en Krypton. Bueno, en realidad sí, pero la idea de Superman es mucho más antigua y se remonta al texto bíblico. Más precisamente a la historia de Moisés. La conexión entre estos dos personajes es tan llamativa que resulta difícil pensar que no están relacionados.
Conocemos los orígenes de Superman. Ante la amenaza de una muerte segura en su planeta natal Krypton, sus padres lo colocan en una nave espacial con destino a un planeta lejano. Aterriza en una zona rural en Kansas y la familia Kent lo adopta y le da el nombre de Clark. Sin duda podríamos decir que es la misma historia de Moisés en versión intergaláctica. De adulto, Superman – al igual que el líder de los israelitas – asume su identidad y se transforma en un salvador con superpoderes.
Posiblemente esta conexión no es casual. Los creadores de Superman, Jerry Siegel y Joe Shuster, fueron dos jóvenes judíos, hijos de inmigrantes que habían llegado a los Estados Unidos provenientes de Europa Oriental. El “hombre de acero” hizo su aparición en el mundo del cómic en 1938 como un luchador por la verdad y la justicia, un guerrero bueno e invencible, precisamente cuando la terrorífica sombra nazi estaba a punto de comenzar su proyección por Europa. De hecho, la doble identidad del superhéroe funciona también como una metáfora fascinante de la propia experiencia del inmigrante.
Volviendo a los orígenes de Superman, su nombre kryptoniano es Kal-El y el de su padre Jor-El. Como sabemos, el sufijo El, que significa Dios en hebreo, es muy común en los nombres bíblicos (por ejemplo, Israel, Gabriel, Rafael, etc.). Según el Midrash, la exégesis rabínica, el verdadero nombre hebreo de Moisés - quien recibió su nombre más conocido de manos de la hija del faraón— era Tuvia, donde el sufijo IA es otro nombre de Dios y Tov significa bueno.
Jessica Miglio.
DAVID CORENSWET en el papel de Superman. Foto Jessica Miglio/Warner Bros Pictures.
La conexión entre ambos personajes resulta especialmente visible en la película de 1978. En una escena memorable, el padre de Superman, interpretado por Marlon Brando, se le aparece al joven héroe, encarnado por Christopher Reeve, en forma de holograma para revelarle su identidad y confirmar su misión como salvador de la humanidad. Tanto el mensaje como la puesta en escena evocan claramente el episodio bíblico de la zarza ardiente, en el que Dios llama a Moisés a asumir su destino como libertador del pueblo de Israel. No sé si el director o el guionista lo tuvieron presente, pero un Midrash afirma que Dios le habló a Moisés con la voz de su padre.
Finalmente, ambos personajes deben hacerse cargo de un destino que no escogieron, que les fue impuesto por las circunstancias. Aun pagando un alto precio personal por ello, asumieron con convicción la misión de consagrar sus vidas y sus poderes para combatir la injusticia y el sufrimiento.
Sin embargo, hay una diferencia sustancial. Superman es un superhéroe, mientras que Moisés es “sólo” un profeta. ¿Cuál es la diferencia? Un superhéroe salva con su poder. Un profeta salva cuestionando, dudando, transformando las conciencias. Superman es infalible; Moisés, un hombre que se equivocaba. Tal vez, en un mundo que sigue esperando un superhéroe que venga a salvarnos, la verdadera urgencia sea volver a escuchar a los incómodos profetas de nuestro tiempo.



