Eran las 11 de la noche en Chiriquí.En la terminal de buses, cientos de personas esperaban abordar.
Nos esperaba un viaje de casi ocho horas hasta la Ciudad, para llegar a Albrook en la madrugada.
Entre aquella multitud había una niña.
Aparentaba unos quince años.
Viajaba junto a su madre, una joven indígena de aproximadamente 27 años.
Al abordar el bus, por esas circunstancias que uno no controla, ellas quedaron sentadas en los primeros asientos, justo frente a mí.Fue entonces cuando la vi.
La niña llevaba un abrigo.
Pero había algo que el abrigo no podía ocultar.
Su vientre.
Una barriga de nueve meses.
Mi cerebro se resistía a procesar aquella imagen.
Su rostro todavía conservaba la inocencia de una niña.
Su mirada era triste, por momentos perdida.
No había en ella la expresión de una mujer preparada para ser madre.
Había, simplemente, una niña cargando un embarazo que su cuerpo y su vida todavía no deberían estar llevando.
La observaba a través del reflejo de la ventana.

Y me preguntaba qué historia había detrás de aquella imagen.
No hablaba.
No se quejaba.
No pedía nada.
Y su madre tampoco parecía abrazarla ni cubrirla del frío.
Entonces ocurrió algo que, sin saberlo, cambiaría la manera en que interpretaría aquella escena.
Una madre llegó al bus con su hija de aproximadamente quince años y se sentó a mi lado.
La adolescente estaba cansada.
Un viaje de ocho horas no es sencillo para nadie, mucho menos para una muchacha de esa edad.
Su madre la abrigó.
La acomodó.
La acurrucó.
Intentó que pudiera dormir.
Era un gesto sencillo.
Pero para mí, en ese momento, fue enorme.
Miré nuevamente hacia el asiento delantero.
Dos niñas de edades similares.Dos madres.
Dos formas distintas de relacionarse con sus hijas.
Una adolescente recibía abrigo, contacto, ternura y protección.
La otra, una niña embarazada de nueve meses, permanecía prácticamente en silencio.
Y entonces apareció una pregunta que todavía me acompaña:
¿Qué factores hacen que dos niñas de edades similares puedan crecer en realidades tan diferentes?
No se trata de juzgar a una madre por la manera en que expresa afecto.
Existen culturas y familias donde las demostraciones físicas de cariño no son habituales.
Pero un abrazo, cubrir a una hija con un abrigo, acurrucarla, preguntarle si tiene frío o simplemente hacerle sentir que alguien está allí para protegerla son formas universales de cuidado.
Y comencé a pensar en algo mucho más profundo.
En las madres que tienen redes de apoyo.
En aquellas que cuentan con una pareja que puede ayudarlas.
En las que pueden permanecer en casa o trabajar cerca de sus hijos.
Pero también en las madres jóvenes que deben salir de sus comunidades para buscar trabajo.
Madres que dejan a sus hijos al cuidado de familiares porque no tienen otra alternativa.
Mujeres que se trasladan a la Ciudad buscando una oportunidad para sostener a sus familias.
Mujeres que sacrifican la cercanía con sus hijos precisamente para poder alimentarlos, vestirlos y ofrecerles un futuro mejor.
Ahí comencé a comprender que estaba observando una desigualdad que no se puede medir únicamente en dinero.Se puede palpar.
Se puede observar.Se puede sentir.
Porque la pobreza no siempre es solamente la falta de recursos económicos.
A veces también significa distancia.
Significa ausencia.
Significa una madre que tiene que irse para trabajar.
Significa una niña que queda atrás.
Significa una red familiar que puede ser insuficiente para garantizar protección.
Y, en los peores casos, significa que un depredador encuentra una oportunidad en esa vulnerabilidad.
Quiero ser clara en algo:La responsabilidad del abuso nunca recae en la pobreza, la madre, la movilidad humana ni la niña.
La responsabilidad es del agresor.Pero como sociedad sí tenemos que preguntarnos qué condiciones permitieron que una niña estuviera expuesta y que nadie llegara a protegerla a tiempo.
Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada cuando llegamos a la terminal de Albrook.
Todos estábamos cansados y soñolientos.
Antes de despedirme, me acerqué respetuosamente a aquella mujer indígena.
Le pregunté:—Hermana, ¿cuántos años tiene tu niña?
Me respondió:—Quince.
Luego, con tristeza, utilizó una expresión empleada en algunas comunidades del interior para referirse a una violación.
Me dijo que a su hija la habían perjudicado.
Después agregó:—Tiene nueve meses de embarazo.
Esta semana da a luz.
Sentí que el corazón se me partía.
Aquella niña, que horas antes había visto en silencio desde el asiento delantero, estaba a punto de convertirse en madre.
Y entonces escuché la historia de su madre.
Ella trabajaba en la Ciudad.
Había dejado a su hija en Chiriquí para que otros familiares la cuidaran mientras ella buscaba el sustento.
Y ocurrió lo que nunca imaginó.
Ahora había decidido llevarse a su hija con ella.
Quería estar a su lado cuando diera a luz.
En ese instante comprendí que la escena que había observado durante horas tenía otra dimensión.
No estaba simplemente frente a una madre que parecía distante.
Estaba frente a una mujer joven que también estaba atrapada en una estructura de necesidades.
Una madre que había tenido que migrar internamente para trabajar.
Una mujer que probablemente nunca quiso alejarse de su hija.
Una mujer que ahora regresaba por ella porque algo terrible había ocurrido.
Y pensé:
¿Cuántas madres están viviendo historias parecidas sin que nosotros las veamos?
Mujeres que salen de sus comunidades buscando trabajo.
Mujeres que dejan a sus hijos temporalmente al cuidado de familiares.
Mujeres que trabajan jornadas interminables.
Mujeres que intentan romper el ciclo de pobreza, pero que muchas veces no cuentan con condiciones que les permitan trabajar y, al mismo tiempo, proteger y acompañar a sus hijos.
Y aquí aparece un concepto que debemos comenzar a mirar con mayor profundidad:La violencia estructural
No porque la pobreza produzca automáticamente violencia.No porque una madre que trabaja sea responsable de lo que le ocurre a su hija.
Sino porque existen desigualdades estructurales que pueden debilitar las redes de protección de la niñez.
La solución tampoco puede ser pedirle a una madre que simplemente no se vaya a trabajar.
¿Con qué alimentará entonces a sus hijos?
La verdadera solución está en construir condiciones para que las mujeres puedan trabajar sin tener que sacrificar la protección y el acompañamiento de sus hijos.
Necesitamos oportunidades de empleo.
Capital de trabajo.
Redes comunitarias de protección.
Servicios de cuidado infantil.
Educación.
Prevención.
Sistemas de alerta y detección temprana.
Y, sobre todo, políticas públicas que comprendan que la protección de la niñez también pasa por proteger y empoderar a sus madres.
Porque aquella noche entendí algo que las estadísticas muchas veces no consiguen explicar.
Una madre salió de su comunidad buscando una vida mejor para su hija.
Y terminó regresando con ella para enfrentar una realidad que nunca imaginó.
Ahora esa niña tendrá que cuidar a su bebé.
Y su madre tendrá que acompañarla mientras ambas enfrentan una maternidad que ninguna de las dos eligió en esas condiciones.
Y existe un riesgo todavía mayor:que el ciclo vuelva a repetirse.
Por eso debemos intervenir antes.
No cuando la niña ya está embarazada.
No cuando el abuso ya ocurrió.No cuando el daño ya es irreversible.
Debemos llegar cuando todavía podemos prevenir.
Porque detrás de un embarazo adolescente producto de la violencia sexual no existe únicamente un delito.
Existe una historia.
Existe pobreza.
Existe desigualdad.
Existe movilidad humana.
Existe ausencia de redes.
Existe una niña.
Y existe una sociedad que tiene que preguntarse por qué no la protegió antes.
A las cuatro de la madrugada me despedí de aquella mujer indígena.Se marchaba con su hija de quince años, con nueve meses de embarazo, rumbo a una nueva realidad.
La observé alejarse y pensé que aquella noche no había visto solamente a una niña embarazada.
Había visto el resultado de muchas desigualdades acumuladas.
Y comprendí que hablar del embarazo adolescente sin hablar de abuso sexual, pobreza, movilidad humana, desigualdad y protección de la niñez es quedarnos únicamente en la superficie del problema.
La solución al embarazo adolescente producto de la violencia sexual no puede limitarse a atender el embarazo.
Tenemos que mirar el abuso silencioso que se esconde detrás de la pobreza, la desigualdad y la movilidad humana; porque cuando una madre tiene que alejarse de sus hijos para buscar una vida mejor, el Estado y la sociedad tienen la responsabilidad de asegurarse de que esa distancia nunca se convierta en una oportunidad para quienes depredan la infancia.
Porque ninguna madre debería tener que elegir entre alimentar a sus hijos y protegerlos.Y ninguna niña debería pagar el precio de esa elección.
Lucy Córdoba
Defensora de los derechos de la niñez y diplomada internacional en Violencias en Contextos de Movilidad Humana por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), a través de su Cátedra Extraordinaria “Trata de Personas y Violencias”.



