Estrenada apenas meses después de su antecesora, Exterminio: El Templo de los Huesos se siente como una grata y ambiciosa sorpresa dentro de esta nueva etapa de la franquicia.
La directora Nia DaCosta demuestra entender algo clave: las mejores historias de zombis no se limitan al horror, sino que usan los tropos del género para decir algo más profundo.
Desde la trilogía de los muertos de George A. Romero, que estableció las bases del género, hasta ejemplos como Shaun of the Dead —una comedia romántica disfrazada de apocalipsis—, el cine de zombis ha brillado cuando combina entretenimiento con comentario social.

Exterminio (2002) entendió esto desde el inicio, mezclando una atmósfera opresiva y melancólica con una crítica directa a la sociedad y a la naturaleza humana.
Ahora, El Templo de los Huesos, segunda entrega de esta nueva trilogía, vuelve a ese mundo para profundizar aún más en nuestra naturaleza como seres humanos.
La película plantea cómo el trauma puede consumir a ciertas personas hasta convertirlas en instrumentos de violencia, pero también explora la posibilidad de responder al mal desde la empatía.
Esta dualidad se refleja en sus dos ejes narrativos: por un lado, la brutalidad de Jimmy Crystal y su grupo de seguidores, por otro, la relación entre el Dr. Kelson y Sansón, el zombi más poderoso, una amistad tan inesperada como conmovedora.
Es esta segunda trama la que se roba la película, combinando ternura, humor y terror sin perder intensidad.
A nivel técnico, destaca un soundtrack sobresaliente, con temas de Duran Duran, Radiohead y una aparición de Iron Maiden que desató la euforia en la sala.

Compleja, atmosférica y profundamente humana, El Templo de los Huesos confirma que esta trilogía tiene mucho que decir, y deja un adelanto final que eleva la expectativa por su desenlace.



