El Comando Vermelho (CV), el grupo criminal más temido de Río de Janeiro, nació en los años duros de la dictadura brasileña, en 1979. Su nombre —“rojo”, en portugués— no solo evoca el color de su origen político, sino también el de la violencia que desde entonces lo acompaña. La historia comenzó cuando presos comunes y presos políticos fueron confinados en la misma cárcel, en Ilha Grande, una isla paradisiaca que se convirtió en escuela del crimen. De aquellos encuentros surgió una alianza: los delincuentes aprendieron de los militantes de izquierda a organizarse, crear fondos comunes y defenderse dentro de las prisiones.
Con el tiempo, esa estructura se convirtió en una organización criminal que dejó atrás los asaltos a bancos de los años ochenta para dominar el tráfico de drogas en los morros cariocas. Hoy, el CV controla rutas internacionales de cocaína, marihuana y armas, con unos 30 mil miembros —según Insight Crime—, muchos de ellos jóvenes sin oportunidades, reclutados en las favelas donde el Estado rara vez llega.
Esta semana, las favelas de Penha y Alemão fueron escenario de un infierno. Drones, fusiles y bombas artesanales se cruzaron durante horas en enfrentamientos entre la policía y los hombres del CV. Las escenas recordaban una guerra urbana: columnas de humo, disparos sin pausa y vecinos encerrados en casa compartiendo noticias por WhatsApp. Cuando el silencio volvió, se contaron 132 muertos, en lo que ya es considerada la mayor matanza policial de la historia de Brasil.
La operación fue la más mortífera registrada en el área metropolitana de Río de Janeiro desde 1990. / Bruno ItanEl objetivo principal, sin embargo, escapó. Edgar Alves Andrade, jefe máximo del Comando Vermelho y uno de los hombres más buscados del país, no fue capturado. Con 55 años y un historial que incluye más de un centenar de asesinatos —entre ellos el de tres niños de Belford Roxo—, sigue moviendo los hilos del narcotráfico desde las sombras.
El CV impone su ley en los barrios que domina. Colaborar con la policía puede costar la vida; una simple pelea en un baile funk puede terminar en tortura. Su dominio se extiende mucho más allá de Río: controla la ruta del río Solimões, que conecta la Amazonia con el Atlántico, clave para mover la cocaína desde Colombia, Perú y Bolivia hacia Europa y África.
Aunque fue el pionero, el CV perdió hace años el liderazgo nacional frente a su gran rival, el Primer Comando de la Capital (PCC), de São Paulo. Ambos nacieron en prisión, pero sus estilos difieren tanto como sus ciudades: el PCC es metódico, con jerarquía clara y negocios legales; el CV es caótico, ostentoso y más violento. “Es la facción que más se enfrenta a la policía”, resume Ignacio Cano, investigador de la Universidad del Estado de Río.
El gobernador de Río, decidido a recuperar el control de los barrios tomados por el narcotráfico, autorizó la operación que terminó en tragedia. En las alturas de las favelas, los enfrentamientos dejaron una imagen que los cariocas comparan con Gaza: humo, destrucción y miedo. Pero el Comando Vermelho, medio siglo después de su nacimiento en una cárcel, sigue vivo, armado y mandando en las sombras.



