La mañana de este domingo, las noticias de Karachi llegaron cargadas de angustia y caos. En una jornada que arrancó con tensiones palpables, lo que parecía ser una protesta pacífica por parte de manifestantes proiraníes se desbordó en un escenario de violencia sin precedentes.
La multitud, enardecida por la reciente muerte del ayatolá Ali Khamenei, líder supremo de Irán, intentó tomar por la fuerza el consulado de Estados Unidos en la ciudad. Y lo que siguió fue un enfrentamiento sangriento con la policía.
A medida que el humo se levantaba y las sirenas resonaban por toda la capital de la provincia de Sindh, el saldo de la confrontación no tardó en ser devastador: al menos diez personas perdieron la vida y más de 20 resultaron heridas.
La respuesta de las fuerzas de seguridad fue rápida y feroz, con decenas de detenidos y una ciudad completamente paralizada bajo el peso de la tensión.
El enojo de la comunidad chií en Pakistán, que se sintió profundamente afectada por el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel a Irán, desbordó las calles de Karachi, desencadenando disturbios en los que la rabia contra el poder extranjero se dejó sentir con fuerza. La tragedia, en medio del caos, reflejó no solo el dolor local, sino también la creciente presión que el conflicto con Irán ejerce sobre la región.
A nivel global, la OPEP+ anunció un incremento en la producción de petróleo, lo que generó aún más nerviosismo en los mercados internacionales, especialmente en Oriente Medio.
Y en Europa, la jefa de política exterior de la Unión Europea, Kaja Kallas, calificó la muerte de Khamenei como “un momento definitorio” para Irán, pidiendo a las potencias mundiales que tomaran pasos concretos para frenar la escalada de violencia.
Así, mientras el país ardía en las calles, el tablero geopolítico seguía moviéndose con rapidez. Karachi se había convertido en un campo de batalla, pero el conflicto estaba lejos de terminar.



