En las faldas de la serranía de Cerro Sapo, en el corazón del Darién panameño, Dionisio García agarra un puñado de cerezas de café rojo vivo. Sus manos callosas, curtidas por años de sol y tierra, cuentan una historia de cambio. Este hombre de 34 años, que vive en el barrio Papayal de la comunidad Emberá-Wounaan en Cerro Naipe, ya no pierde ni un grano. “Antes lo cosechábamos a las prisas, directo del suelo, y se echaba a perder mucho. Ahora, gracias a los talleres, lo recogemos uno por uno con calma, para que la mata siga dando”, nos dice con una sonrisa que ilumina su rostro.
Cerro Naipe, en el corregimiento de Garachiné, distrito de Chepigana, no es fácil de alcanzar: cuatro horas entre lancha desde Puerto Quimba y trocha en cuatro por cuatro. Pero ahí, en esta zona al borde del Parque Nacional Darién –el área protegida más grande de Centroamérica y joya de la humanidad–, la vida está floreciendo. Dionisio lleva siete años con su cafetal, pero solo los últimos lo ha visto rendir de verdad. Técnicos de la Fundación Natura llegaron con el proyecto “Impulsando modelos de vida resilientes en Darién”, financiado por la Cooperación Española y la Unión Europea vía AECID. Le enseñaron a procesar, secar y guardar el café robusta, todo natural, sin químicos. Hoy, esas bolsitas con sello “Cerro Naipe” llegan a mesas panameñas, cargadas de aroma y orgullo.

“No perdemos nada: la cereza roja va para vender y exportar, la oscura nos la quedamos para el consumo aquí”, agrega Dionisio, mientras camina por su huerto. Ahí crecen ajíes trompito, culantro fresco y pepinos jugosos. “Del culantro he sacado buena plata vendiéndolo cerca”, confiesa riendo. No es el único: en docenas de casas de Cerro Naipe y Pijibasal, estos huertos orgánicos –con semillas nativas y técnicas agroforestales– dan comida sana y plata extra. Yenni González, coordinadora de proyectos de la Fundación, explica: “Les enseñamos a vender localmente, fortaleciendo su economía sin dañar la tierra ni el agua”.
Carla López, presidenta de la Fundación Natura, resalta el doble golpe: “El café no solo da plata, sino que reforesta, conecta ecosistemas y cuida la biodiversidad en esta zona clave. Es libre de venenos, y ya lo comercializan con calidad top”. Edgar Araúz, biólogo del equipo, suma: “Estas plantaciones capturan CO2, generan oxígeno y frenan el cambio climático”. En 35 años, la Fundación ha impulsado más de 900 proyectos así en Panamá.
Y no para ahí. El proyecto, que lleva casi dos años, empodera a las mujeres artesanas: ahora fijan precios justos para sus crafts, ganando más con turistas que pasan por la zona. De la mano de Dionisio a las mesas de Panamá, Cerro Naipe pinta un futuro sostenible: más comida, más ingresos y un Darién protegido. Es prueba de que con conocimiento y ganas, hasta lo más aislado sale adelante.



