Antes de conocer por dentro el corazón de una rotativa, coordinar operaciones y ver salir miles de ejemplares rumbo a la calle, Don Basilio Fernández Pérez fue canillita del diario La Prensa.
Tenía 13 años cuando empezó a vender periódicos en Calle 50, en una Panamá muy distinta. Recuerda que a un lado estaba la Casa de Helado, más adelante una estación de gasolina y al frente una farmacia. No existían los puentes de hoy y por allí veía pasar a las internas de la escuela profesional, porque entonces había un internado en el área.
“Panamá ha cambiado bastante”, dice al volver con la memoria al punto donde empezó todo.
En aquellos días el periódico no solo se vendía: se voceaba. Había que gritar la portada y la contraportada para llamar la atención. El canillita debía fajarse en la calle, aprender rápido y ganarse al comprador. Podía hacer entre 5 y 7 dólares diarios. Era el Panamá de los pregones, del periódico en la mano y de una buena frase capaz de detener a cualquiera.
Con los años llegó a La Prensa y encontró una oportunidad que le cambió la vida. Entró desde abajo: fue insertador, armador, coordinador de producción, jefe de producción, jefe de operaciones, hasta llegar a puestos de gerencia dentro de la empresa.
En ese camino también vivió uno de los golpes más duros: el cierre de La Prensa durante la época militar, en 1988. Aunque consiguió trabajo en una empresa cementera, no olvida que muchos compañeros no tuvieron la misma suerte.
“Las deudas los ahogaron”, recuerda. Aun así, salió adelante, hizo buenos amigos, regresó a La Prensa, terminó sus estudios, vio crecer a su familia y celebra que sus hijos estén graduados de la universidad.
Desde los años 80 escucha que el papel va a desaparecer, pero todavía sigue ahí. Reconoce que el mercado se ha achicado y que lo digital avanza con fuerza, aunque cree que aún hay gente que disfruta leer en papel.
También sabe que el canillita de hoy cambió: muchos tienen puestos fijos, venden todos los periódicos y complementan con productos como pastillas o toallas. Ese “extra, extra” de película, admite, prácticamente ha desaparecido.
Pero cuando participa en jornadas de venta, Don Basilio revive la vieja escuela. Vocea, habla con la gente, les dice que vayan contentos al trabajo porque tienen empleo. Más de uno sonríe y termina comprando el periódico.
A días de jubilarse, después de 46 años, no habla con amargura. Habla con gratitud. El 1 de julio retomará sus caminatas, hará ejercicio y buscará bajar “la barriguita”.
Así se despide Don Basilio: el muchacho que gritó portadas en la calle, el trabajador que empezó desde abajo y el colaborador fundador que vio cambiar Panamá, la prensa y la forma de vender noticias.

