El edema macular diabético (EMD) y la retinopatía diabética (RD) están marcando la vida de miles de panameños que viven con diabetes. En un reciente encuentro entre pacientes, especialistas y representantes de asociaciones de salud se encendieron las alarmas sobre el impacto que estas complicaciones tienen en la calidad de vida y en el bolsillo del país.
Julio Flores, paciente diagnosticado, tomó la palabra para compartir su experiencia. Con voz firme dejó una reflexión que resonó en la sala: “Hoy soy yo, mañana no quiero que sean mis familiares”. Su mensaje apuntó a la necesidad urgente de diagnósticos tempranos, equipos médicos disponibles y acompañamiento constante para quienes ya enfrentan la enfermedad.

Flores recordó que no se trata solo de estadísticas, sino de personas que necesitan tratamiento oportuno para poder seguir trabajando, cuidando a sus familias y viviendo con dignidad.
El doctor Arturo Rebollon, médico epidemiólogo y gerente de Roche Panamá, explicó que la diabetes mal controlada termina dañando arterias y venas de todo el cuerpo, incluyendo las del ojo. Según los datos compartidos, uno de cada tres pacientes diabéticos desarrolla retinopatía diabética, y cerca del 7% llega a padecer edema macular diabético.
Este último, conocido por provocar visión borrosa, aparición de manchas oscuras y pérdida progresiva de la visión central, ya afecta a más de 15 mil panameños. Y el costo no es menor: mantener a estos pacientes representa una carga de casi 300 millones de dólares anuales para el sistema de salud y las familias.
Rebollón fue claro al decir que la prevención es clave: “Si prevenimos, no solo ganamos años de vida saludable, también ahorramos dinero que puede invertirse en educación, transporte o alimentación”.

Los especialistas recordaron que la diabetes es silenciosa y, en muchos casos, cuando el paciente recibe su primer diagnóstico ya han pasado al menos cinco años de evolución de la enfermedad. Eso significa que, sin saberlo, el daño ocular puede estar avanzado.
Los factores de riesgo son claros: mal control de la glucosa, hipertensión y más de 15 años conviviendo con la enfermedad. Todo esto aumenta las probabilidades de desarrollar complicaciones visuales como la retinopatía diabética o el edema macular diabético.
A esto se suman otros problemas oculares vinculados con la diabetes, como cataratas y glaucoma. Los números preocupan: en Panamá, más de 640 mil personas viven con pérdida visual o ceguera, y la cifra se ha duplicado desde la década de 1990.
El dato es contundente: cada año se pierden cientos de millones de dólares por las limitaciones laborales, los tratamientos y la dependencia que genera la ceguera en las familias. Y las proyecciones no son alentadoras: si no se refuerzan las medidas de prevención, el impacto podría duplicarse nuevamente hacia el 2050.
Frente a este panorama, los especialistas enfatizaron la importancia de los tratamientos actuales, que incluyen inyecciones anti-VEGF, esteroides, cirugía y láser, combinados con el control estricto de azúcar, colesterol y presión arterial.
El reto es claro: mientras más temprano sea el diagnóstico, mayores son las probabilidades de éxito en el tratamiento. Y eso solo se logra con una atención en equipo que involucre a retinólogos, endocrinólogos, cardiólogos y médicos de atención primaria.
El mensaje de los pacientes y las asociaciones es contundente: no se puede hablar de calidad de vida si no hay acceso a tratamientos ni especialistas. La voz de Julio Flores y la advertencia de los expertos coinciden en lo mismo: la diabetes no solo afecta la sangre o el corazón, también roba la vista y con ella la independencia.
La conclusión quedó clara: Panamá enfrenta una crisis silenciosa que ya está golpeando hogares y que necesita respuestas urgentes antes de que las cifras se conviertan en una tragedia mayor.



