Ser médico no siempre es salvar vidas. A veces, es aprender a perder… y aun así quedarse.
El doctor Marcos Young, cirujano y urólogo, habla sin filtros sobre una profesión que, más que técnica, es profundamente humana. Una carrera donde la vocación pesa más que cualquier reconocimiento.
“Mi primer día… se me murió un paciente”
—Doctor, ¿qué es lo más difícil de ser médico?
Young no responde de inmediato. Su historia lo hace por él.
“Mi primer día de trabajo se me murió un paciente. El segundo día, otro. El tercero, otro más…”, recuerda.
MI DIARIO- ELYSEÉ FERNÁNDEZ-Vocación, amor y sacrificio: lo que no se ve detrás de un médicoLa secuencia fue brutal: días seguidos enfrentando la muerte sin pausa, sin preparación emocional.
“Llegué a mi casa donde mi mamá y le dije: ‘yo no quiero seguir en esto’”.
Pero su madre lo detuvo con una verdad simple y poderosa: había hecho todo bien. A veces, eso no es suficiente.
“Ahí entendí que no siempre se puede ganar”.
Aprender a no rendirse
Lejos de abandonar, decidió quedarse. Con el tiempo, entendió que incluso cuando no se puede salvar, siempre se puede hacer algo más.
“Un año después, tuve un caso donde logré darle unas horas más de vida a un paciente… y su familia pudo despedirse”.
Hace una pausa.
“Uno nunca sabe. Por eso siempre hay que hacer las cosas con amor, con pasión”.
La medicina que no se ve
—¿Qué necesita realmente un paciente?
“Empatía. Dignidad. Respeto”, responde sin dudar.
Para Young, uno de los mayores problemas del sistema no es solo la falta de recursos, sino la pérdida de humanidad.
Explica que dos pacientes pueden recibir la misma respuesta médica, pero vivir experiencias completamente distintas dependiendo del trato.
“No es lo mismo decir ‘no hay’ que sentarse, explicar y acompañar”.
En su visión, la medicina no debe perder su esencia: el contacto humano.
Sacrificios que no salen en la recetaSer médico también implica renuncias. Tiempo, familia, descanso.
“Esta es una carrera sin hora de salida”, admite. “A veces descuidamos a la familia… y es algo que siempre queda”.
A eso se suma la presión constante de un sistema exigente y de pacientes que, con razón, llegan cargados de frustración.
“Uno tiene que tener empatía incluso cuando la gente viene molesta. Vienen con una necesidad”.
Vocación por encima de todo
—¿Qué le diría a los médicos en su día?
Su respuesta es clara, casi un manifiesto.
“Esto no es un trabajo. Es una vocación. Es una forma de demostrar amor por la humanidad”.
Advierte que cuando el enfoque se desvía hacia lo económico, se pierde el sentido real de la profesión.
“Lo más importante no es el dinero. Es el amor por la vida”.
El gran reto: volver a lo humano
Como docente, reconoce una deuda pendiente: formar médicos no solo brillantes en lo técnico, sino humanos en lo esencial.
“Estamos fallando en enseñar esa parte… el respeto, el cariño, la vocación”.
Y ese, asegura, es el gran desafío del futuro.
“Siempre se puede hacer algo”
Al final, su mensaje es sencillo, pero poderoso:
“No siempre vamos a ganar la batalla contra la enfermedad… pero siempre podemos darle al paciente dignidad”.
Porque en esa delgada línea entre la vida y la muerte, ser médico no es solo curar.
Es estar.


