En el corazón de la agrupación de la Dinastía Díaz hay nombres que no solo acompañan la música, sino que la construyen desde sus raíces. Uno de ellos es José del Carmen Castilla, mejor conocido como “Tito Castilla”, un hombre que ha dedicado más de 30 años a este conjunto y cuya vida está profundamente ligada al legado del vallenato y a la figura de su compadre y cuñado, el inolvidable Diomedes Díaz.
Este medio conversó con él en un ambiente poco habitual: dentro del autobús que trasladaba a los músicos hacia una presentación en el Santiago Mall. Mientras descansaba, vestido con una camisa blanca y con una sonrisa que reflejaba su sencillez, accedió amablemente a compartir su historia.
“Con mucho gusto lo atiendo”, dijo, dando inicio a una charla marcada por recuerdos, música y tradición.

Una herencia musical
La historia de Tito Castilla no comienza con él, sino mucho antes. Su vida artística nace de una dinastía familiar en Valledupar, cuna del vallenato.
“Mi vida artística viene de una Dinastía Castilla de cajeros. Mi abuelo fue pionero de la caja vallenatera y murió tocando en la plaza Alfonso López junto al viejo Emiliano”, relata con orgullo.
Desde muy pequeño, la música formó parte de su vida. A los siete años ya incursionaba como músico empírico, aprendiendo y perfeccionando su talento en distintas agrupaciones.
“He pasado por varios conjuntos, como Hermanos Moscote. También grabé al lado de grandes como Juan Piña, los Cañaguateros, Diomedes Díaz y Elberto López. Allí fue donde realmente inició mi carrera musical”, recuerda.
Una carrera de grandes números
Con una trayectoria extensa, Tito Castilla asegura haber participado en alrededor de 250 producciones musicales, una cifra que refleja su constancia y compromiso con el vallenato.
“El mayor tiempo en la música lo viví con mi compadre y cuñado Diomedes Díaz”, afirma.
Más que una relación profesional, lo que los unía era un vínculo familiar y de profunda amistad.
“Yo lo consideraba como mi hermano”, dice con firmeza.
Recuerdos imborrables
Hablar de Diomedes es inevitablemente hablar de anécdotas. Tito recuerda una en particular que, entre risas, aún lo sorprende.
“Una vez fuimos a tocar en Cúcuta y me dijo: ‘Cuñado, vamos a comer una carne asada’. Mientras esperábamos, me pregunta: ‘Compadre Tito, ¿cuántos hijos tengo?’. Yo le respondí: ‘¿Y cómo voy a saber yo eso?’. Entonces agarramos papel y lápiz y empezamos a contar… al final sumaban 28”, cuenta entre carcajadas.
La historia no terminó ahí. Diomedes, en medio de la ocurrencia, tomó una servilleta y le dejó un mensaje que hoy guarda como un tesoro:
“Para mi compadre Tito Castilla, con cariño y aprecio”.
Un legado que continúa
Tito Castilla no solo es parte de la historia del vallenato, sino también un testigo privilegiado de su evolución. Su humildad, experiencia y pasión lo convierten en una pieza clave dentro de la Dinastía Díaz, manteniendo vivo el legado de una de las figuras más grandes del género.
Más que un músico, es un guardián de la tradición.



