En las riberas del río Tuquesa, Bajo Chiquito fue por años el primer respiro para más de 2,000 migrantes diarios que cruzaban el Darién.
Pero el cambio fue abrupto.
En junio de 2025 solo diez migrantes llegaron al poblado. En ese mismo mes, un año antes, fueron 29.722.
Este viraje se dio tras la llegada a la presidencia de José Raúl Mulino en julio de 2024, quien cerró trochas ilegales, firmó acuerdos con Estados Unidos para vuelos de deportación y, junto al regreso de Trump a la Casa Blanca, desincentivó las travesías hacia el norte.
Hoy, las calles de Bajo Chiquito están vacías.
Jason Mosquera, de 25 años, apenas atiende a seis personas al día en su negocio de comida rápida. Antes, eran más de 100. “Trataba de cambiarles el sabor tras la selva”, recuerda con nostalgia.
La ‘nocó’ del poblado (líder tradicional de Bajo Chiquito), Esmeralda Dumasá, describe el retorno a una vida agrícola: otoe, arroz, plátano y maíz. El albergue para 900 migrantes quedó a medio construir, esperando una nueva utilidad.
La doctora Katherine Rodríguez en el centro de salud de Bajo Chiquito (Panamá). El poblado indígena de Bajo Chiquito, el primero al que llegaban a diario cientos de migrantes en Panamá después de cruzar la selva del Darién, está tratando de volver poco a poco a la normalidad tras el fin repentino del flujo migratorio hacia Estados Unidos por las políticas de Donald Trump. EFE/ Moncho
Aún quedan las secuelas.
La doctora Katherine Rodríguez revive las jornadas con 150 pacientes diarios, violaciones, fracturas y una tragedia: el 24 de diciembre de 2023 un árbol cayó sobre las carpas improvisadas, dejando tres muertos y 20 heridos. Entre las víctimas, continúa, estaba “una chica de alrededor de 23 años, venezolana”, que resultó herida grave de la columna. Ella venía con su hermano, que murió, y su hija de unos dos años.
El río Tuquesa volvió a ser el centro de la vida indígena tras el fin del éxodo migrante.Una de las causas más tristes de muerte en la selva es el río mismo.
A veces, de un momento a otro, el agua sube con una fuerza inesperada. En un solo día llegamos a encontrar hasta cinco cadáveres arrastrados por la corriente. Eso fue en 2023, un año terrible. Yo diría que murieron como 23 personas solo por eso, porque en ese tiempo el río crecía y crecía sin aviso.
Nosotros, como indígenas, ya conocemos esas señales. Cuando empieza a tronar allá lejos, sabemos que se va a desbordar. Lo sentimos en el ambiente, lo leemos en la naturaleza. Pero los migrantes no saben. Ellos siguen cruzando, confiados, sin saber que en minutos todo puede cambiar. El río no avisa dos veces.
Bajo Chiquito quedó marcado. Ya no recibe caminantes, pero sus historias siguen vivas.
















